En tiempos marcados por el retorno de viejos dogmas con rostros modernos, la figura de Voltaire emerge como faro y advertencia. Este artículo de Ricardo Nieves explora cómo el pensamiento ilustrado del filósofo francés —encarnado en su defensa del caso Jean Calas— sigue siendo un llamado urgente contra el fanatismo, la intolerancia y el silenciamiento de las ideas en nuestras sociedades actuales.
La silueta de Voltaire ronda como un
fantasma provocador. Agrandado, su índice orientador continúa señalándonos; el
farol encendido de su pensamiento trasciende tiempo y memoria. Voltaire es
recuerdo vivo y permanente; en épocas de fanatismo, la advertencia necesaria y
el recordatorio latente.
Su obra maestra -apunta Savater-
fue haber fundado al intelectual moderno. Enfrentado al espíritu implacable de
su tiempo, encaró la monstruosidad y las piras llameantes de la amenaza. Sin
dobleces, reafirmó la claridad ética de su conciencia y el rango histórico de
su imbatible personalidad. Con elevadas luces, casi en solitario, retó la
brutalidad del fanatismo, nutrida por el terror dogmático y la intransigencia
de aquellos siglos.
Contra el hermetismo
oscurantista, ante la furia quemante de la intolerancia, restituyó la
reputación inocente de un tal Jean Calas, martirizado y ejecutado el 10 de
marzo de 1762, víctima de un juicio torcido y fanatizado. De Toulouse, el
humilde vendedor de telas, junto a su esposa, había cometido el “pecado de
declararse protestante” en aquella Francia mayoritariamente católica.
Al defenderlo y demostrar que el
hecho atribuido -asesinato de su hijo- en realidad se trató de un suicidio,
Voltaire reescribió la historia con una obra fenomenal y oportuna: El tratado
sobre la tolerancia (1763). Así, mientras declinaba el medioevo, la morada de
la libertad de conciencia, en su despertar, abría las puertas de par en par.
Primera en su género, la hazaña
no fue poca cosa: cambiaría el rumbo de las creencias, de las opiniones y los
derechos. En un tiempo moribundo, pero todavía controlado por la oscuridad, su
texto, era de esperarse, fue incluido en el índice de los libros prohibidos por
la Iglesia (1766). Los vientos de libertad y el respeto por las diferencias;
empero, habían calado tan hondo que, imparables ya, recorrieron Francia,
Europa, el mundo conocido...
Su fundamento – tan básico para
el presente- invitaba a la tolerancia entre las distintas confesiones
religiosas. Combatiendo la arbitrariedad, la ofuscación y la crudeza del fanatismo
que, irónicamente, para el caso Jean Calas, encabezaban los jesuitas. En suma,
defendió la libertad de cultos y criticó, con severidad, las consecuencias
bélicas –“violencia y barbarie”- de una existencia marcada por las guerras
religiosas.
“Nadie debe morir por motivos de
sus ideas, el fanatismo es una enfermedad que debe extirparse…Cuando el
fanatismo ha gangrenado el cerebro, es incurable”, escribiría imperturbable.
Jean Calas murió de forma brutal
en la rueda del suplicio, pero ni siquiera Voltaire, restaurador de su honra e
inocencia, comprendería el alcance de los muros derribados y el lugar
inestimablemente grande que le reservaría la historia. Socavó el poder político
y religioso que, 27 años después, provocaría el hundimiento de la monarquía y
el ascenso de la Revolución Francesa.
La furia ciega del fanatismo,
descargada sobre un modesto comerciante protestante, terminaba una era, daba
paso al diálogo ideológico y a la naciente tolerancia religiosa. Calas fue el
chivo expiatorio; sus creencias, la leña para la ávida hoguera.
Más que
impugnar el abuso infundado, la defensa de Voltaire aceleró la alborada
civilizatoria, anteponiendo la razón a la ceguera dogmática y el argumento a la
falsedad del sectarismo y la iniquidad. Convencido, sin tasar consecuencias,
desafió la intimidación, la oscuridad del miedo y la intransigencia.
Pero el fanatismo, en esencia,
nunca despareció por completo; de alguna manera modificaría fórmulas,
instrumentos; su envejecida sombra circunda y acecha en nuestros días. Dos
señales imborrables cargamos como herencia: la amenaza infundada y la
fanatizada sospecha.
Poco a poco abandonamos el
diálogo cara a cara, sustituyéndolo por el intercambio digital, pantalla a
pantalla. Advertimos que otra sofisticada corriente paranoide, con suma
facilidad, alimenta el fanatismo digital de todas las marcas. Fanáticos
recientes, viejas falacias, atrapados en el angosto salón de quién sabe cuántas
pasiones atormentadas.
En su recinto egosintónico, el
fanático no argumenta: batalla; no debate: escarmienta. Persigue el silencio de
los demás y hace uso excesivo de su repertorio selecto de falacias. Ataque
personal que no descalifica los argumentos, sino al oponente (ad hominen);
repetición sin evidencia, hasta el cansancio y la repugnancia (ad nauseaum); y,
la obsesiva imaginación de una conspiración universal en marcha (manía
persecutoria) …
Apasionado, intransigente,
producto del fervor político, religioso o ideológico, no concibe que su
creencia sea un derecho, sino otra obligación para él y una regla para los
otros.
Voltaire,
vigilante, nos alerta…




